12/12/2025
“Mira esto. Todo el mundo en el conservatorio tiene el nuevo piano digital Korg. Yo sigo con este trasto viejo que desafina. ¡Es vergonzoso!”
La voz de Lucas rompió la tranquilidad de la sala como si fuera un trueno inesperado. El pequeño apartamento parecía hacerse más reducido cada vez que él levantaba la voz. Con 25 años y el deseo ardiente de convertirse en pianista profesional, Lucas sentía que la vida avanzaba sin él, que todos en el conservatorio subían de nivel mientras él parecía atascado en el mismo escalón desde hacía años.El viejo piano que tenía frente a él lo acompañaba desde que era niño. Su padre lo había comprado de segunda mano y Clara, su madre, lo había mandado a reparar tantas veces que ya conocía a los técnicos por nombre. Las teclas amarillentas, las cuerdas desgastadas y los pedales que chirriaban eran la prueba del paso del tiempo y también del esfuerzo de Clara por mantener viva la pasión de su hijo.Pero para Lucas, en ese momento, el instrumento representaba otra cosa: un recordatorio constante de sus limitaciones.Clara, aún con el uniforme de la lavandería, estaba parada junto a la puerta de la sala. Tenía el cabello recogido en un moño improvisado y las manos todavía marcadas por el detergente industrial. La jornada había sido larga, como siempre, pero su rostro mostraba una mezcla de cansancio y paciencia.—Hijo, el dinero apenas alcanza para tus clases. Ese piano que pides cuesta el sueldo de tres meses en la lavandería —dijo con voz suave, casi suplicante.Pero Lucas no quería escuchar.Se sentía frustrado, atrapado en una realidad que no coincidía con su talento.—¡Excusas! —gritó sin pensar—. Si no me lo compras, olvídame. No volveré al conservatorio.El silencio que siguió fue tan pesado que Clara sintió que se hundía.No lloró, no gritó, no se defendió.Solo lo miró con un dolor silencioso que él no supo interpretar...
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