09/11/2026
LO QUE NO SE PUEDE RECONSTRUIR😢
Crónica: Alejandro Cardona Londoño (escritor y periodista pereirano).
Un mes. Dolor. Tristeza. Lágrimas que parecen no detenerse. La mente no deja de moverse al ritmo despiadado de un terremoto que nos partió el alma, que enterró tantos sueños y que deja fracturas eternas. Las palabras que más usamos para tratar de aliviar los corazones rotos son reconstrucción, renacerá, lo material se recupera, volveremos 7.4 más fuertes. Las compartimos sinceramente, tal vez son el único camino, pero no hay palabras, oraciones, ni poesía perfecta que alivie los corazones afligidos.
Hago este intento de crónica pensando en la familia de una de las más de 100 víctimas mortales del terremoto en Risaralda. Su nombre Flor Alba, una reconocida docente que en sus últimos días de vida sembró un granito de amor y de esperanza en estudiantes de Santa Rosa de Cabal. Los comentarios en las redes sociales muestran que era una mujer inigualable, llena de nobleza, ternura y una capacidad de liderar procesos académicos para construir una mejor sociedad.
Jamás la conocí, tal vez sí, pero me ha dolido su partida. Conozco a dos de sus hijas, Jessica y Ana María, no recuerdo el nombre de la tercera. Ellas se acostaron el 9 de agosto con el mensaje de buenas noches de su querida mami en el grupo de WhatsApp donde charlaban, se reían, compartían imágenes del día a día y se reían al vaivén de uno que otro chisme de la familia o la gente de Apía, Risaralda, la tierra amada por Flor Alba y sus hijas, donde su viento único y paisajes excepcionales admiraban sus bellezas.
Al otro día la tierra desató su furia y nos sacudió con una intensidad que parecía ser el fin del mundo. Flor Alba no alcanzó a enviar el mensaje de buenos días a sus tesoros, a las princesas que le daban brillo a su existencia. Pasó mediodía y no llegaban respuestas de la querida docente. Tanto silencio solo tenía dos hipótesis. No había señal o una trágica noticia estaba por llegar. Llegó la segunda y la historia de las hijas de Flor Alba y el resto de familia cambió para siempre.
Han pasado 31 días, de no abrazar a mamá, de no sonreír con su mensaje de buenos días, de buenas noches, acompañados del te amo más sincero que han recibido en la vida sus queridas princesas. No llegarán los mensajes, los abrazos, los secretos de madre e hijas, el café impregnado del aire de las montañas inigualables de Apía. Y entonces Jessica guarda un silencio cargado de un dolor infinito. Ana María es más expresiva, asume todo con el mismo dolor de sus hermanas, pero explota con su sinceridad que nos enseña que no hay palabras y que no es momento de celebrar el renacer de nadie.
Justo cuando escribo esta crónica me habla, mientras yo lloraba redactando cada línea. Me cuenta detalles que no vale la pena relatar, pero poco a poco se va durmiendo con unas gotas que la apagan lentamente para que su alma pueda descansar. Me permite decir que es un honor que le quiera hacer un reconocimiento a su mamá Flor Alba Londoño, que Jessi sigue sin hablarle a nadie. No alcanzó el diálogo para recordar el nombre de la otra hermana. Igual ellas tenían el mismo nombre, eran “gaviotas”, cuatro almas gemelas que volaban en manada y que sabían de los rivales del destino y que en algún momento podrían caerse. Ojalá un viento celestial se aparezca muy pronto sobre sus alas rotas para que estas gaviotas talentosas y soñadoras puedan volar nuevamente, así como lo muestran los tatuajes que están impregnados sobre sus blancas pieles.
Ellas y todos sus familiares saben que la reconstrucción no llegará. La familia de Flor Alba quedó destrozada para siempre, no hay forma de adquirir una sonrisa, un sueño, de encontrar un objetivo para caminar. Esta historia le puede estar partiendo el alma al escritor y a sus lectores. Pero se imaginan el dolor de sus protagonistas. No son solo Ana, sus hermanas y toda la familia Bermúdez Londoño de Apía. Este es el mismo dolor de la mamá de la querida Ceneida, de su pequeño hijo, de su esposo, personas que tras largas horas se enteraron que la reina del hogar murió bajo los escombros del Pereira Plaza cuando hacía un trámite médico. Es la misma historia del profesional de la salud de la Clínica Los Nevados que fue valiente y no dejó a su paciente tirado y terminó muriendo con él. Su hijo diagnosticado con autismo jamás lo volverá a ver.
Muchas personas con los seguros, con los ahorros podrán reconstruir casas, apartamentos, crear nuevas empresas o negocios. No será un proceso fácil, pero se pueden generar en algún momento nuevas sonrisas. Ana María, Jessi, la mamá de Ceneida, la talentosa funcionaria de la Secretaría de Planeación de la Alcaldía de Pereira, jamás tendrán razones para sonreír con la misma felicidad que ocasionan momentos de la vida.
Y así, demasiadas personas en Risaralda, nunca tendrán las mismas sonrisas por las pérdidas de los papás, de los abuelos, de ese adolescente valiente que perdió la vida en el colegio Fabio Vásquez de Dosquebradas. Hay que tener en cuenta que la vida jamás se recupera, es algo bastante lógico. Pero lo material, tampoco. A todos los que perdieron patrimonio, riqueza, oportunidades laborales, también debemos entenderlos, duele el alma ver derrumbar en 90 segundos el trabajo de años.
No volveremos a ser los mismos, nadie va a reconstruir las sonrisas de Ana, de Jessi, de la mamá de Cene, de los familiares de ninguna víctima. Gracias a los que tratan de consentir, de mimar. Un abrazo a todos los que están viviendo el dolor de Ana, de Jessi, de la niña menor, solo estas tres gaviotas saben que no existe la reconstrucción para el alma. Bueno, las alas rotas pueden generar un nuevo vuelo corto, donde la gaviota pueda sentir un minuto de tranquilidad.