08/07/2026
LA REBELIÓN TRIUNFANTE DE LO VULGAR:
Tal Parece que Mejoran las Técnicas de Gestión De Masas
Por Edison Ho
Ahondando Palabras
Para © La Bala Magazine 2026 / Edición 421
Salt Lake City, Utah.
La Bala Magazine
"La característica del momento es que el alma vulgar, sabiéndose vulgar, tiene el denuedo de afirmar el derecho de la vulgaridad
y lo impone dondequiera." José Ortega y Gasset
De Jorge Majfud Albernaz un destacado novelista, ensayista y profesor universitario uruguayo-estadounidense es el ensayo “Pobre Sin Conciencia de Clase, Blanco Con Odio de Raza” una reflexión política e histórica que gira alrededor de una idea central: “el colonialismo no solo explota territorios, sino que también moldea mentalidades, generando individuos que reproducen la lógica del dominador y otros que desarrollan una conciencia crítica y de resistencia”. En el escrito el autor narra una experiencia vivida en África que lo llevó a comprender que una misma historia de opresión, puede producir dos tipos de personas completamente distintas. Por un lado, el individuo domesticado, moldeado por siglos de colonialismo, dispuesto a obedecer, adular al poder y aceptar la dominación incluso cuando esta perjudica a su propio pueblo. Y en la otra vereda, el rebelde, capaz de cuestionar, pensar con autonomía y desarrollar una conciencia crítica, aunque ello lo convierta en un marginado dentro de su propia sociedad.
Fue durante su trabajo como arquitecto en Mozambique, donde el autor encontró ambos perfiles entre los trabajadores. Mientras unos preferían obedecer sin cuestionamientos e incluso manifestaban admiración por los antiguos colonizadores, otros demostraban curiosidad intelectual, espíritu crítico y deseos genuinos de comprender el mundo. Esa reflexión cobra fuerza al recordar la humillante captura de Patrice Lumumba y la violencia simbólica ejercida por los soldados de Mobutu, escena que ilustra cómo el colonialismo puede llevar a los propios oprimidos a convertirse en instrumentos de la opresión.
Con el tiempo descubrió que esa misma división se repetía en América Latina y en otras sociedades marcadas por la herencia colonial. La lectura de pensadores como Franz Fanon, Walter Rodney y Malcolm X le permitieron comprender mejor este fenómeno. Malcolm X distinguía entre quienes se identificaban con el poder dominante y quienes conservaban una conciencia de su condición de oprimidos. Para el autor, esa diferencia sigue vigente y explica muchas conductas políticas y sociales actuales. Décadas atrás en sus escritos el novelista, había anticipado que la crisis del orden mundial conduciría a una creciente militarización y a un fortalecimiento de los mecanismos de control, antes que a una verdadera democratización. Aunque esperaba una mayor resistencia social, observa que buena parte de la población, había terminado reproduciendo voluntariamente los discursos del poder.
Majfud como ejemplo menciona la proliferación de memes que ridiculizan la pobreza africana, ignorando deliberadamente que buena parte de la riqueza de Europa y Estados Unidos fue construida mediante siglos de colonialismo, esclavitud, saqueo y genocidio. Esa visión, sostiene, reflejaba una forma de patriotismo colonial: admiración por el imperio y desprecio por la propia nación. El autor considera que esta ignorancia se ve agravada por una cultura dominada por la hiperfragmentación de la información y las redes sociales, donde desaparecen el contexto histórico y la capacidad de relacionar causas y consecuencias. Manifestando además la simplificación permanente, sustituye el análisis por consignas y prejuicios.
También critica el resurgimiento de teorías supremacistas qué vinculan raza y territorio, ideas presentes tanto en viejas doctrinas europeas como en discursos actuales. Señala que estas narrativas encuentran eco especialmente entre personas frustradas que proyectan sus fracasos sobre inmigrantes, minorías o grupos vulnerables en lugar de cuestionar las estructuras económicas y políticas que producen la desigualdad. Planteando además que cuando desaparece la conciencia de clase, surge el odio racial, étnico o cultural. Muchas personas trabajadoras terminan identificándose con los intereses de las élites y percibiéndose cómo millonarios frustrados, atribuyendo sus dificultades a enemigos imaginarios en vez de reconocer las dinámicas del sistema que las afectan. Concluye el autor que el racismo, el clasismo y otras formas de discriminación, funcionan como mecanismos de distracción que enfrentan a los sectores populares entre sí, mientras las élites consolidan su poder. A su juicio, el capitalismo contemporáneo ha dejado de centrarse principalmente en la producción, para orientarse hacia la especulación financiera y la industria de la guerra, profundizando las desigualdades y debilitando la solidaridad social.
Los mecanismos de dominación descritos por el autor no pertenecen únicamente al pasado colonial. También pueden observarse en fenómenos contemporáneos. Durante el reciente Mundial de fútbol, diversas manifestaciones de racismo reavivaron el debate internacional. El actor Samuel L. Jackson llegó a compartir en sus redes sociales una publicación que calificaba a Argentina como "uno de los países más racistas del mundo", mientras persistían discursos de argentinos blancos que reivindicaban exclusivamente un origen europeo de la nación, minimizando la herencia indígena y afrodescendiente. Ahora donde si le pusieron la guinda al pastel, fue en Colombia, donde aficionados encausaron su frustración en contra de algunos futbolistas de la selección, salidos de contextos de pobreza y pertenecientes en muchos casos a comunidades afrodescendiente marginadas, además víctimas de la violencia narcoparamilitar, al postear fotos con quienes según la JEP (Jurisdicción Especial para la Paz) serían los responsables por la violencia generada en sus comunidades. Ahora analizado los hechos desde la perspectiva de Jorge Majfud, determinaríamos que estas reacciones podrían considerarse como “expresiones de una conciencia colonizada”, personas que reproducen prejuicios y jerarquías heredadas, en contra de quienes comparten su misma realidad social. En ese sentido, la figura de Stephen, el personaje interpretado por Samuel L. Jackson en Django Unchained, funciona como una metáfora del individuo que termina identificándose con los valores del poder que históricamente lo ha subordinado.
La cita de José Ortega y Gasset que aparece al inicio de este artículo, no es solo un diagnóstico filosófico; es la radiografía de una época donde la mediocridad ha dejado de ser un estado transitorio para convertirse en un proyecto político consolidado. Al observar el panorama latinoamericano —desde la estridencia de las megacárceles en El Salvador, la conversión de naciones enteras en nodos logísticos de economías criminales, la entronización de la ignorancia como bandera en Argentina, hasta la llegada de un Charlatán de Feria en Colombia—, no estamos ante una serie de accidentes históricos, sino ante la aplicación deliberada de una ingeniería social que busca desmantelar la capacidad crítica del individuo. Para entender por qué el "alma vulgar" se siente hoy con el derecho de imponerse, debemos comprender que el fenómeno descrito por Ortega en 1930 ha mutado gracias a la tecnología. El "hombre-masa" ya no necesita ser ignorante en el sentido tradicional; puede tener acceso a toda la información del mundo y sin embargo, elegir la simplificación extrema. Mientras cree que su opinión, fruto de un scroll infinito en redes sociales, tiene el mismo peso que el conocimiento técnico de un experto, A la vez que disfruta de las comodidades de una civilización que no comprende y cuyo mantenimiento le resulta ajeno, exigiendo derechos mientras rechaza los deberes y la disciplina intelectual. Como señalaba Gustave Le Bon, en “Psicología de las masas" el anonimato de la masa —hoy digital— reduce los frenos morales y facilita el contagio emocional, donde la lógica es sustituida por imágenes, símbolos y relatos de héroes o villanos.
Ahora si analizamos la crisis que atraviesa Latinoamérica es el síntoma de una democracia que, en palabras de Ortega, ha degenerado en una "hiperdemocracia" donde la cantidad reemplaza a la calidad. Cuando el electorado se siente "como todo el mundo", busca líderes que le devuelvan esa sensación de pertenencia sin exigirle mayor reflexión. Por tal razón ni nos enteramos que los dirigentes efectivos en este nuevo orden, no son quienes presentan los mejores argumentos, sino quienes transmiten una seguridad inquebrantable, utilizando herramientas como la afirmación categórica, la repetición constante de consignas y el prestigio —o la infamia— como fuente de autoridad, esos países donde la institucionalidad ha sido reemplazada por estructuras criminales, el "hombre-masa" es el cliente perfecto: un individuo que no cuestiona el origen de los recursos ni las consecuencias de la violencia, siempre que se le garantice un relato simplista que justifique su descontento.
El caso argentino, donde la degradación económica se pretende aliviar con el entusiasmo de la estridencia política, ejemplifica la "hipnosis colectiva" que Le Bon describía hace más de un siglo. La masa, en su desesperación, se vuelve extremadamente receptiva a mensajes cargados de contenido emocional, que prometen soluciones mágicas a problemas complejos, aunque al final se termine sacrificando un b***o. Este fenómeno no es casual. Ortega advertía que el crecimiento del aparato estatal —o, en versiones modernas, la promesa de su destrucción total— genera una dependencia que debilita la sociedad civil. Cuando el ciudadano deja de organizarse y de ejercer pensamiento crítico, transfiere toda su responsabilidad al "líder heroico" al “alfa macho moderno”, convirtiéndose en una pieza pasiva dentro de un engranaje que, lejos de resolver la miseria, la utiliza como combustible político.
El peligro no es que las masas existan, sino que la complacencia, el rechazo al esfuerzo y la desconfianza hacia el conocimiento, se conviertan en el único modelo de sociedad posible. Cuando la vulgaridad se siente legitimada para imponerse en los espacios de decisión, las "minorías excelentes" —entendidas no como élites de sangre, sino cómo ciudadanos dotados de responsabilidad y disciplina— son expulsadas del debate público. Para contrarrestar este proceder, es imperativo recuperar la idea de que la democracia requiere instituciones sólidas, pero sobre todo, ciudadanos capaces de discernir, deliberar y sobre todo, de reconocer la complejidad.
Entendamos que mientras la sociedad siga prefiriendo la comodidad de la masa sobre la exigencia de la excelencia, el "hombre-masa" seguirá siendo el arquitecto de su propia ruina, alimentando con su silencio o su aplauso a los mismos gatos que, en la fábula de Mouseland, mantienen a los ratones atrapados en la cloaca de la historia. Debemos preocuparnos por entender que la lucha por el futuro de nuestras naciones no se gana en las urnas del populismo, sino en la recuperación del respeto por él saber y la responsabilidad individual. La vulgaridad tiene "bravura", sí, pero nuestra tarea es que la razón —serena, compleja y valiente— recupere el derecho a discrepar de la marea.