01/10/2026
El régimen, que continúa bajo el puño de Raúl Castro —con Miguel Díaz-Canel como simple capataz—, afronta su peor pesadilla geopolítica: una tormenta perfecta en la que sus aliados se desploman simultáneamente. Durante décadas, el castrismo, dirigido por la vieja guardia, subsistió a expensas de recursos ajenos; primero parasitó a la Unión Soviética y, más tarde, desangró a Venezuela bajo las órdenes directas de La Habana. Hoy, esa estrategia diseñada por los Castro ha caducado. Con Nicolás Maduro perdiendo el control, Irán sumido en protestas internas y una Rusia asfixiada por su propia guerra, Raúl ve cómo se esfuman sus «mecenas» del terror. El petróleo no llega a los puertos, el dinero fresco para la represión escasea y la inteligencia cubana, otrora orgullo de la familia gobernante, ha visto mermada su capacidad operativa en la región.
Asistimos al desmoronamiento de la estructura financiera de la mafia fundada por Fidel y perpetuada por Raúl. La gran incógnita reside en el destino de los miles de médicos cubanos, utilizados como mano de obra esclava y agentes de inteligencia; al interrumpirse el flujo de capital desde Caracas, estos profesionales se transforman en una carga o en potenciales desertores que conocen los secretos inconfesables del General de Ejército. Díaz-Canel, quien jamás ha ostentado un liderazgo propio, queda expuesto como el administrador de la ruina absoluta, un funcionario gris incapaz de gestionar el desastre heredado de sus jefes, pues ya no tiene a quién expoliar.
Los responsables son evidentes: Raúl Castro y su cúpula militar, quienes lo apostaron todo a la supervivencia del chavismo y al «eje del mal», mientras ignoraban las necesidades básicas de la población. Aislados y humillados, observan ahora cómo China y Rusia les dan la espalda con pragmatismo, negándose a verter recursos en un s**o roto. La hipocresía diplomática ha concluido; nadie financiará más la ineficiencia ni los lujos de una dinastía que solo produce miseria.
La hipótesis para los próximos meses resulta aterradora para el "raúlismo" pero esperanzadora para la libertad: entraremos en una fase de colapso acelerado. Carentes de energía y dinero, a la dictadura solo le resta la violencia bruta contra una ciudadanía hambrienta. No obstante, la historia demuestra que la fuerza sin sustento económico es insostenible. Se prevé un 2026 de aislamiento total en el que, acorralados y sin salida, los viejos jerarcas podrían intentar negociar su impunidad o huir, dejando a sus títeres atrás, mientras el pueblo, hastiado de la oscuridad, empuja hacia el quiebre definitivo.