01/12/2026
"CUANDO LA IGNORANCIA SE CORTA CON CUCHILLO"
por: Raphy Almonte
En el barrio, el VIH no siempre se menciona por su nombre. Aquí se habla en voz baja, como quien pide “un pedacito fiado”, mirando para los lados, cuidándose de que nadie escuche. Es un tema que se corta con el mismo machete con el que se pica la carne en la carnicería de la esquina: sin delicadeza, sin guantes, muchas veces sin conocimiento.
En la República Dominicana, el VIH sigue siendo una realidad que camina por los callejones, se m***a en los carros públicos y hace fila en los hospitales, pero en el barrio se le trata como carne dañada: algo que hay que esconder, tapar con papel periódico y señalar de lejos.
En la carnicería, cuando una carne se ve rara, el carnicero la aparta. “Eso no sirve, eso está malo”. En el barrio pasa igual. Al que se sabe —o se sospecha— que vive con VIH, lo ponen en la nevera del chisme. No se le toca, no se le saluda igual, no se le da el mismo trato. No por maldad siempre, sino por desinformación.
“Ten cuidado con ese”, dicen, como si el virus se pegara con el saludo o con compartir una cerveza. Como si fuera grasa que salta del sartén.
Pero el VIH no es así. No se transmite por compartir un banco, ni por jugar dominó, ni por darse la mano. Eso lo dicen los médicos, pero en el barrio muchas veces pesa más lo que dice la esquina que lo que dice la ciencia.
En la carnicería también se aprende otra cosa: no toda carne es igual. Hay cortes buenos, hay cortes duros, hay carne fresca y hay carne vieja.
El problema es que al VIH lo meten todo en el mismo s**o, como si todas las personas que viven con el virus fueran iguales, como si todas estuvieran “condenadas”.
La realidad es otra. Hoy en día, una persona con VIH que recibe tratamiento puede vivir, amar, trabajar y soñar igual que cualquiera. Pero esa información no siempre llega al barrio, o llega tarde, como carne sin refrigeración.
Las vivencias barriales están llenas de historias silenciosas: la mujer que dejó de ir al colmado porque la miraban raro; el joven que no volvió a jugar baloncesto porque alguien “regó el rumor”; el hombre que se quedó solo porque confundieron el diagnóstico con una sentencia de muerte.