31/12/2025
Recientemente, me hice una mamografía. Y no, no fue un examen cualquiera, fue de esos que se enfrentan con el cuerpo en tensión y el pensamiento acelerado; de los que duelen, incomodan y obligan a respirar hondo antes de empezar.
Un estudio necesario, sin duda, pero también uno que despierta miedos silenciosos y recuerda que cuidar la salud, a veces, implica atravesar experiencias que nadie espera con gusto. Cuando los senos son grandes, la vivencia suele ser aún más dura: las máquinas aprietan con una firmeza implacable, sin distinguir tamaños ni sensibilidades, como si el cuerpo fuera solo un objeto que debe ajustarse, cueste lo que cueste.
Y quien haya pasado por ahí lo sabe: no es solo el cuerpo el que se tensa bajo la presión. La mente también se contrae. El miedo aparece incluso antes de entrar al consultorio, se cuela entre los sonidos metálicos, el frío del equipo, el silencio del cuarto y esa espera que siempre parece un poco más larga de lo normal. El dolor físico llega rápido; el emocional, muchas veces, ya estaba sentado desde antes.
Por eso sorprende cuando algo cambia. Esta vez ocurrió algo distinto. La sonografista fue amable, pero no una amabilidad automática ni aprendida de memoria, sino una amabilidad genuina, humana y consciente. Explicó cada paso, avisó antes de cada movimiento, habló con calma, miró a los ojos y acompañó. Trató a la persona, no solo al seno que debía examinar.
Entonces pasó algo casi milagroso: el dolor no desapareció y la presión siguió ahí, firme e inevitable, pero la angustia aflojó, el miedo perdió fuerza y la experiencia dejó de sentirse cruel. La amabilidad actuó como un analgésico invisible: no eliminó el procedimiento, pero le quitó dureza; no borró la incomodidad, pero la volvió soportable.
Eso dice mucho. Vivimos en un sistema de salud que suele priorizar la rapidez, la eficiencia y el número de pacientes atendidos, un sistema que corre más de lo que escucha y donde la técnica se impone mientras el trato queda relegado, como si fuera un lujo y no una necesidad. Pero la salud no es solo precisión diagnóstica: también es vínculo, también es cuidado emocional. 📸 Fuente externa