08/10/2026
Marzo de 2020.
El mundo entero comenzaba a detenerse.
Las noticias hablaban de una pandemia que nadie entendía.
Las calles se vaciaban.
Las iglesias cerraban sus puertas.
Y nosotros acabábamos de mudarnos a Pennsylvania.
Llegué a un estado donde apenas conocía a nadie.
Lejos de mi familia.
Lejos de todo lo que para mí significaba hogar.
Pero esa no era la carga más pesada que llevaba.
Acababa de atravesar una pérdida gestacional profundamente traumática.
Mi cuerpo intentaba recuperarse de un embarazo que ya no estaba.
Mis hormonas parecían una tormenta.
Y mi corazón...
todavía no entendía cómo seguir adelante.
Había días en los que me acostaba llorando...
y despertaba llorando.
Como si el dolor nunca hubiera dormido.
A todo eso se sumó otra despedida.
Y luego otra.
En menos de un mes perdí a mis dos bisabuelos.
Ellos habían sido una parte muy importante de mi vida.
Después de haber perdido a mi abuela siendo aún muy joven, ellos representaban ese amor de hogar que todavía me quedaba.
Y de pronto...
también se fueron.
Era una pérdida sobre otra.
Un duelo encima de otro.
Mientras el mundo hablaba de COVID...
yo estaba intentando sobrevivir a mi propio caos.
Trabajaba desde casa.
Mi esposo salía todos los días sin saber exactamente qué encontraría allá afuera.
Yo me quedaba sola.
Con ataques de pánico.
Con ansiedad.
Con preguntas.
Y sin poder acceder fácilmente a atención médica porque el sistema de salud también estaba atravesando una crisis.
Mirando hacia atrás, entiendo que Dios ya había comenzado a preparar el terreno mucho antes de que yo llegara.
Mi esposo había visitado una iglesia algunos meses antes de que yo me mudara.
Ya conocía algunas personas.
Y cuando llegué...
me invitaron a participar en un estudio bíblico de damas por Zoom.
Recuerdo perfectamente aquella noche.
El tema era...
la afrenta.
Después de compartir la enseñanza, comenzaron una ronda para que cada mujer hablara sobre aquello que representaba su propia afrenta.
Cuando llegó mi turno...
no preparé un discurso.
No intenté sonar fuerte.
No escondí mi dolor.
Solo dije:
"Soy Lilibeth... y soy estéril."
Eso fue todo.
Y, sin saberlo...
esa noche Dios comenzó a responder una oración que yo todavía no sabía cómo hacer.
Aquellas mujeres no intentaron corregirme.
No minimizaron mi dolor.
No me dijeron que dejara de llorar.
Lloraron conmigo.
Oraron conmigo.
Ayunaron conmigo.
Celebraron conmigo cada pequeño avance.
Y permanecieron conmigo cuando los resultados no eran los que esperábamos.
Con el tiempo descubrí algo que cambió mi manera de ver la Iglesia.
Yo no era la única Ana.
Había más mujeres esperando.
Más mujeres creyendo.
Más mujeres llevando cargas que muchas veces permanecían en silencio.
Y juntas...
aprendimos a sostenernos.
Mi pastora ocupó un lugar muy especial en esa historia.
Fue mucho más que una pastora.
Fue una madre espiritual.
Durante mis tratamientos de inseminación intrauterina, era ella quien me administraba muchas de las inyecciones.
Pero antes de cada aplicación...
orábamos.
No era un procedimiento médico más.
Era un momento donde poníamos nuestra esperanza delante de Dios.
Y cuando las pruebas regresaban negativas...
ella también estaba allí.
No solo cuando había buenas noticias.
También cuando había lágrimas.
Me abrazaba.
Me recordaba las promesas de Dios cuando yo ya no tenía fuerzas para repetirlas.
Y algo que nunca olvidaré...
es que, si ella no podía llegar hasta mí, siempre se aseguraba de que alguien más lo hiciera.
Nunca permitió que caminara sola.
Siempre había una hermana pendiente.
Un mensaje.
Una llamada.
Una visita.
Una palabra de ánimo.
Y muchas porras celebrando incluso los avances más pequeños.
Ellos conocieron la versión más rota de mí.
La mujer que llegó diciendo:
"Soy Lilibeth... y soy estéril."
Pero también conocieron a la mujer que Dios estaba formando.
Una mujer cuya fe dejó de depender de los resultados.
Y comenzó a depender del carácter de Dios.
Años después, cuando mis pastores anunciaron su retiro, mi pastora me dijo algo que guardo hasta el día de hoy.
Me pidió que no guardara silencio.
Que siguiera contando lo que Dios había hecho.
Y que ahora me convirtiera en el Aarón y el Hur de otras "Anas" que seguirían llegando.
No sabía entonces cuánto marcarían esas palabras mi vida.
Hoy entiendo que este proyecto, De Mamá a Mamá, también nació de aquella encomienda.
Porque así como un día alguien sostuvo mis brazos...
hoy mi oración es poder sostener los de alguien más.
🤍
"Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación con el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios."
— 2 Corintios 1:3-4