14/05/2026
He analizado mi vida en los últimos dos años y, predicando por las naciones, he aprendido con lágrimas que Dios está más presente en el proceso que en la promesa.
Que la gracia sobrepasa todo entendimiento. Que el egoísmo es un monstruo con el que se pelea todos los días.
Creo que somos más vulnerables de lo que pensamos, pero buscamos ocultarlo entre logros, risas y disfraces. Considero que estamos ansiosos por señalar, para así poder calmar nuestros propios fantasmas. De manera atrevida, hablamos de lo que no entendemos y discutimos cómo eruditos de temas en los que somos unos neófitos.
Hoy ya no nos interesa conocer a la gente, sino estudiarlas para convencerlas y así alcanzar nuestros intereses egoístas. Sociedad narcisista, donde la empatía ya no es emocional, sino cognitiva.
Estamos en la epidemia social del «ámate y valórate», pero creo que aquello que más anunciamos es de aquello de lo que más carecemos. La mendicidad emocional se ha vuelto la carta de presentación de la generación actual.
Debemos volver a la sencillez de la vida. Sentarnos por una hora alrededor de una mesa, eliminando todo factor de distracción y vernos la cara para reír, llorar y hablar de aquello que nos olvidamos de recordar. Aquello que nos acerca y no de aquello que nos aleja creando trincheras.
Debemos volver a orar con los ojos abiertos para darnos cuenta todo aquello que Dios nos ha dado en nuestro alrededor, que vale la pena celebrar y no ignorar. Debemos volver a mirarnos al espejo y darnos cuenta que existimos, que aquí estamos, que somos reales, reconciliándonos con nosotros mismos, porque es la mejor medicina para amar a los que realmente nos aman.
Todo esto lo medito mientras sigo el camino, buscando no extraviarme de las pisadas del maestro.
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