29/05/2026
En estas escaleras, en estos callejones, en estas casas que trepan el cerro y en esta gente que todos los días mueve la ciudad aunque muchas veces no aparezca en las postales ni en esos "relatos que venden" hay una Caracas que solo se comprende caminándola. Una Caracas hecha de encuentros, de trabajo compartido, de memoria y de futuro. Una ciudad que aprendió a levantarse desde abajo, a inventar caminos donde parecía no haberlos y a convertir la necesidad en organización.
Y no me vengan con el argumento ese, que desde el postmodernismo, me acusa de "romantizar la pobreza". Porque si algo guardan estos cerros no es resignación. Guardan la obstinación hermosa de quienes decidieron construir comunidad frente a las dificultades. Guardan la solidaridad convertida en costumbre, la mano tendida que resuelve, el consejo de vecinos, la cancha recuperada, la escalera construida entre muchos, la esperanza que deja de ser discurso para convertirse en acción cotidiana.
A veces se habla de la periferia como si fuera un margen. Pero basta recorrer estas calles para entender que aquí no hay márgenes: aquí hay pueblo, hay movimiento, hay historia y hay una fuerza colectiva que sigue mirando y construyendo a pulso su propio futuro.
La Caracas profunda no es un lugar ajeno a Caracas. Es Caracas. Y su historia no solo se escribe en las avenidas del valle: también asciende cada día por las escaleras de sus cerros, en el paso firme de quienes nunca dejaron de creer que la ciudad podía ser más justa, más humana y más nuestra.