30/07/2025
Mi ascenso al Naiguatá...
Cuánta verdad hay en esa frase que dice: “Cada quien tiene su Everest...”
Probablemente, en este momento de mi vida, este fue el mío.
Comenzamos el ascenso el 24 de julio de 2025, aunque la realidad es que mi verdadera travesía había iniciado un mes antes, entre entrenamientos intensos, rutas exigentes, dudas, miedos e incertidumbre.
No hay nada que me genere más ansiedad que enfrentar una ruta nueva. La incertidumbre de no saber qué me voy a encontrar, lo desafiante que será o si realmente podré lograrlo, me coloca en un estado de alerta constante.
Nuestra primera meta era hacer cumbre en el Naiguatá ese jueves. Pero desde el inicio, una lluvia persistente nos acompañó, mojando todo, aumentando el peso de nuestras mochilas y haciendo la ruta aún más exigente.
Los planes cambiaron. La meta del día ya no era el Naiguatá, sino el Urquijo. Y así lo hicimos: tras 11 horas de travesía, llegamos al campamento a las 8:30 pm, empapados y agotados, pero con el corazón lleno.
Al día siguiente, más descansados y con el equipo seco, decidimos continuar. Caminamos una hora y 40 minutos y finalmente coronamos el Naiguatá, el punto más alto de la cordillera de la Costa. Allí, presenciamos el atardecer más impresionante —y frío— que he vivido en mi vida.
Aunque me preparé con disciplina y esfuerzo, nada me preparó realmente para lo que el Naiguatá me enseñó. Me dejó una lección de humildad inmensa: por más que te entrenes, un buen montañista siempre espera que la montaña le tenga misericordia.
Por condiciones climáticas no pudimos continuar hacia la Fila Maestra, pero nos fuimos con una promesa: volver para conquistarla.
Hoy me siento feliz por esta cumbre lograda y comprometida a seguir entrenando. Más de 20 cumbres me esperan, y esta solo fue un abreboca de lo retadora que puede ser la montaña cuando decides enfrentarla de verdad.
Gracias a todas las personas que fueron parte de este viaje. Las llevo en mi corazón. ❤️