07/09/2026
Habían pasado exactamente tres meses desde la última vez que bajé a La Guaira con mi familia. En aquel viaje fui buscando reiniciar; trajimos piedritas para el jardín y comimos muchísimo. Justo una semana después de eso, pasó todo. Y aunque no dejé de bajar desde entonces, las condiciones ya no eran las mismas.
Este fin de semana decidí irme en moto buscando exactamente lo mismo de antes: escapar, descansar y desconectarme.
Me levanté a las 5:00 a.m. y arranqué. No pensé que rodaría tanto. Llegué a mi primer spot en Playa Pelúa: estaba intacta, pero completamente cerrada. Seguí rodando y me di cuenta de que el sismo no solo sacudió la zona que yo pensaba, lo sacudió todo. Fueron demasiados kilómetros de mar y soledad.
Al llegar a Los Caracas, ver algunos restaurantes abiertos y ciclistas en la vía me devolvió un poco la emoción. Un amigo de Pelúa me escribió y, al llamarlo, me contó que aún no los dejan trabajar. Continué por la costa y paré a desayunar en Quebrada Seca. Esos pueblitos siguen intactos pero aislados; llevan tres meses sin ver mucha gente y todos me preguntaban lo mismo: “¿Cómo vio La Guaira?”.
En el camino me encontré con otro amigo, el que nos cuidaba en Playa Larga, y verlo me dio muchísima tranquilidad. Llegué ahí a las 7:15 a.m. y caí profundo; me quedé dormido frente al mar.
Cuando desperté, la escena había cambiado. Había dos parejas cerca y me sorprendió ver cómo el señor Joel salió enseguida a buscar gas para montar sus empanadas. Al rato llegaron dos familias y, de repente, esa playa tan inmensa empezó a sonar distinto. Sonaba a vida otra vez.
Almorcé con la sensación de no querer regresar. Ya de subida, me paré en el río de Todasana, me bañé y compré coco, sintiendo que de alguna manera debía aportar algo.
De regreso tenía una sola cosa en mi cabeza: Estamos en deuda con la gente de La Guaira.