22/03/2026
Aquí me tienen, escuchando música por milésima vez en el día y reflexionando sobre la gran ironía de mi existencia: amo la música con una intensidad absurda, pero no soy capaz de cantar ni los números del bingo ni de tocar una pandereta. (Ah, y odio el karaoke con toda mi alma).
Todo empezó con esos primeros mixtapes (sí, la edad) donde convivían pacíficamente “La Calle de las Sirenas” y “Cuando los Sapos Bailen Flamenco”. Luego llegó MTV a terminar de criarme y el intro de Dawson’s Creek (“So open up your morning light…”) me dio el golpe de gracia. Bueno, eso... y cuando descubrí los musicales y Coyote Ugly.
Creo que puedo contar con los dedos de una mano los días de mi vida en los que no he escuchado música. Tengo cornetas en el baño, en la cocina y en la oficina. Tengo dos pares de audífonos porque prefiero faltar al gimnasio antes que entrenar sin ellos. Invierto una cantidad de tiempo ridícula (y preocupante) armando playlists en Spotify.
Y sí, tengo playlists para cada estado de ánimo (lo cual no sé si me deje muy bien parado psicológicamente, jaja). Tengo la de despecho, la de gritar en la ducha, la de ir a la playa y la de carretera. Eso sí, jamás mezclo a Britney en esos inventos. Ella es sagrada y come en una mesa aparte, aunque le permito juntarse con los Backstreet Boys en una playlist VIP.
Por mucho tiempo pensé que fueron los Backstreet Boys los que me hicieron gay, pero la ironía es que, viéndolo bien, fue la música y mi devoción absoluta por mis divas noventeras.