08/04/2023
EL SANTO OFICIO
James Joyce
Versión castellana y nota:
Gabriel Jiménez Emán
He querido contrastar la lírica profunda de Pomelos a penique con El Santo Oficio, un poema extenso donde nuestro escritor efectúa una crítica demoledora de la hipocresía religiosa, de la institución católica cuando ésta no responde a las necesidades espirituales de la sociedad, y se convierte más bien en una institución represiva, creadora de antivalores. El autor no es aquí ya el lírico sereno de los poemas breves, sino el oficiante de un severo juicio a la estructura social del Santo Oficio. En efecto, uno de los alegatos más firmes de Joyce a lo largo de su obra se hallan en sus permanentes cuestionamientos a las instituciones estimuladoras del odio, el derroche, la guerra, la hipocresía y la corrupción; en esto es implacable y así lo muestra en El Santo Oficio, como también lo hace en Gas de un mechero (1914), donde realiza otro tanto con Irlanda y su historia, sus personajes o su cultura vistos a través del lente mordaz del escritor, quien no tiene empacho en someter a un examen sus costumbres, instituciones y personajes a través de su lente deformante, sin llegar nunca a lo grotesco.
La poesía de El Santo Oficio es una poesía narrativa con una cadencia que relata acciones de personajes, diálogos, chistes, exclamaciones, anécdotas, pero también disecciona, examina, contrasta los acontecimientos con una fuerza avasallante. Esta fuerza, esta implosión del lenguaje, es característica en Joyce, desde los magníficos diálogos del Retrato del artista adolescente –la cual puede ser considerada una novela dialogal (como buena parte lo es también el Ulises) y en las frescas conversas de los cuentos de Dublineses. Joyce también utiliza estos recursos en estos dos poemas extensos, donde su poder satírico es indetenible, implacable, desmonta la hipocresía y las buenas maneras, la cultura burguesa, las tradiciones absurdas; nada escapa al ojo escrutador de Joyce.
Pero todo ello lo hace con gracia, cada verso se engasta en un ritmo trepidante, con una intensidad única, utiliza símbolos, emblemas, metáforas atrevidas, comparaciones ridículas o cómicas, todo eso sirve para llevar a cabo un examen implacable de la sociedad o de lo establecido. Pero en el fondo de todo esto hay un goce, un disfrute, pues aun cuando Joyce realiza su examen social o ideológico también realiza una crítica del lenguaje y de la tradición literaria, extrayendo de ellos todas sus esencias, sus zumos lingüísticos, llevando a cabo con ello una proeza estética. Pues eso es Joyce en el fondo: un esteta verbal que somete a la inmensa ola creadora de su lengua todo lo que observa, todo lo incluye en su magma, mediante una cadencia envolvente.
El Joyce poeta lírico de Música de cámara y de Pomelos a penique y el Joyce satírico de El Santo Oficio se complementan mostrando sus dos caras inversas, así como lo hace el Joyce narrador de los relatos de Dublineses, y el Stephen Dedalus del Retrato del artista adolescente el cual pudiera considerarse un ejercicio preparatorio para llegar al enjambre majestuoso del Ulises, donde todos estos elementos se integran. ¨(G.J.E.)
EL SANTO OFICIO
Me impondré a mí mismo este nombre: Catarsis-Purgadora.
Yo, que abandoné los sórdidos estilos
Para adaptarme a la gramática de los poetas,
Difundiendo en las tabernas y burdeles
La ciencia del ingenioso Aristóteles,
No vaya a ser que los poetas fallen en el intento,
Debo ser aquí mi propio intérprete,
Prepárense entonces a recibir de mis labios
Una sabiduría peripatética.
Para ingresar al cielo o viajar por el in****no,
Ser alguien compasivo o terrible,
Sin duda es indispensable el amparo,
De las indulgencias plenarias.
Cada místico de nacimiento
Es un Dante sin prejuicios,
Que sin dar la cara y oculto tras la chimenea,
Se expone a la heterodoxia radical,
Como quien encuentra el placer en la mesa,
Sin importarle las incomodidades,
Adaptando su vida al sentido común,
¿Cómo no ser, entonces, vehementes?
Pero no debo ser considerado miembro
De tal compañía de farsantes…
Junto a quien se apresta a mitigar
Las cortesías de las damas veleidosas,
Mientras ellas lo consuelan mientras gime,
Con encajes célticos repujados en oro…
O con aquel que está sereno todo el día
Profiere maldiciones en un acto teatral,
O con quien “parece mostrar” su proceder
Se decide por hombres de “buen tono”
O con quien sirve de “piltrafa andrajosa”
A los millonarios de Hazelpatch
Llorando después de la Santa Cuaresma
Confiesa todo su pasado pagano
Con quien no se ha de descubrir
Ni ante el whisky ni ante el crucifijo
Si no es para mostrar a todos lo mal vestida que va
Su eminente nobleza castellana…
O aquel que adora a su mentor querido…
O aquel que apura con temor su jarra de cerveza
O aquel que arrebujado en su lecho
Divisó una vez a Jesucristo sin cabeza
Y puso todo su empeño en recuperar
Las obras de Esquilo tanto tiempo extraviadas.
Mas todos estos de quienes hablo
Me convierten en una cloaca de cenáculo,
Para poder soñar con sus tontas fantasías
Y yo defeco en sus inmundas corrientes,
Y así les puedo prestar un servicio
Debido a lo cual perdí mi diadema,
Un servicio por el que la Santa y Anciana Iglesia
Me dejó cruelmente en la estacada.
Así alivio sus tímidos traseros
Cumpliendo mi oficio catártico,
Mi rojo escarlata los deja a ellos blancos como la lana
Gracias a mí, purgan sus gordas panzas,
Para todas estas oportunas farsas
Hago mi papel de vicario general
Y a cada doncella perturbada y nerviosa
Le doy mi servicio más amable,
Pues al descubrir sin ninguna sorpresa
La oscura belleza de sus ojos,
El “no me atrevo” de su dulce juventud
Respondiendo a mi depravado “quisiera”
Mientras en público nos encontramos
No parece pensar en el asunto,
Más en la noche, acostada a mi lado,
Percibe mi mano en su entrepierna,
Mi dulce bien con su ligero atuendo
Siente ese tierno amor que es el deseo.
Pero la codicia prescribe los usos del Leviatán,
Y ese espíritu sublime lucha por siempre
Con los innumerables siervos de la codicia,
Aunque nunca puedan estar libres
De sus imposiciones de desprecio.
A prudente distancia miro hacia atrás y veo
Los vacilantes pasos de esta abigarrada cuadrilla,
De estas almas que odian la reciedumbre del acero,
Pues la mía se templó en la escuela del viejo Tomás de Aquino,
En el mismo lugar donde ellos se agachan,
Andan a gatas y han rezado,
Ahí yo me yergo, dueño de mi destino y sin temor
Voy sin compañeros, sin amigos, voy solo
Tan Indiferente como una raspadura de arenque,
Tan firme como las montañas de la cordillera
Donde s**o a relucir mis cuernos al aire,
Sigan así, pues, así conviene,
Para que todo se mantenga en equilibrio.
Aunque hasta la tumba forcejeen,
Mi espíritu nunca habrán de dominar,
Ni lograrán que mi alma se vincule a las suyas,
Hasta que el Mahamanvantara expire
O me saquen a patadas por su puerta
Mi alma los despreciará por los siglos de los siglos.
© Copyright El Santo Oficio, de James Joyce. Versión castellana. Gabriel Jiménez Emán. Texto tomado de Pomelos a penique, seguidos de El Santo oficio, Prefacio y versión castellana Gabriel Jiménez Emán, Fábula Ediciones, Coro, Venezuela, febrero 2022. Edición homenaje al centenario de la primera edición del Ulises, Ediciones Shakespeare and Company, Paris, 1922.