
15/08/2025
El abuelo llevaba meses planeando el momento. Guardaba la Yamaha RD 350 en el fondo del garaje, cubierta por una manta gruesa y una capa de polvo que, para él, no era suciedad, sino la pátina del tiempo. Esa moto no era un simple vehículo: era un pedazo de historia, un rugido de dos tiempos que en su día había humillado a máquinas mucho más grandes y caras.
Cuando su nieto cumplió 18, decidió que era el momento. Bajó al garaje, levantó la manta y dejó que el olor a aceite viejo y metal se mezclara con sus recuerdos. La limpió, la encendió, y el motor despertó con un bramido áspero y vivo, como si estuviera reclamando carretera.
Pero el joven, al verla, frunció el ceño.
—¿Esto? —preguntó, con el tono seco de quien esperaba otra cosa—. No tiene ni pantalla, abuelo… parece de museo.
El abuelo se rió, creyendo que era una broma.
—Muchacho, esta moto se comía a las superbikes de su época. No necesitas pantalla cuando tienes nervio.
—Sí, pero… es vieja. No tiene control de tracción, ni modos de manejo, ni siquiera un tablero digital.
El abuelo lo miró con paciencia, pero por dentro hervía.
—Vieja… —repitió—. Escucha, lo que tienes delante no es vieja, es pura. No te va a cuidar con sensores ni botones. Te va a enseñar a respetar el acelerador y a entender la carretera. Esta moto no perdona errores… y por eso es una leyenda.
El chico soltó un suspiro resignado, como si estuviera rechazando un teléfono con pantalla rota.
—No sé, abuelo… yo quería una deportiva nueva, algo moderno.
El viejo apagó el motor lentamente, como quien cierra un libro que el otro se niega a leer.
—Lo moderno envejece en dos años —dijo—. Las leyendas, nunca.
Y volvió a cubrir la RD 350 con la manta, no por vergüenza, sino para protegerla… de un mundo que ya no entiende el valor de algo que vibra, huele y suena como si tuviera alma.