15/08/2026
Aquella tarde…
Una sencilla escalera que conducía al desván del presbiterio de Cantaous, fue el único testigo de aquella inolvidable tarde del 14 de agosto de 1843.
Era un cálido verano en la pequeña aldea, tan pequeña que había sólo cerca de 40 casitas de labradores y pastores. La brisa fresca proveniente de los cercanos Pirineos hacía el ambiente más agradable. En verano el sol suele esconderse un poco más tarde de los habitual. Y aquel día, se escondería más tarde, porque Dios haría brillar su sonrisa sobre la tierra.
Siete muchachas, veían coronado su anhelo: querían ser sólo para Dios. Y había llegado el momento esperado: Al fin, podían reunirse, por primera vez, en comunidad.
Desde hacía ya dos años, seis de ellas y cada una, por su parte, había sentido, sin influencia externa alguna, el deseo de entregar su vida a Dios. Poco a poco se lo fueron comunicando las unas a las otras. El Párroco de Cantaous supo de su secreto compartido y, como eran jóvenes sin instrucción alguna, las envió al pueblo vecino donde había otras religiosas, de manera que fueran instruidas en lo elemental: aprender a leer y a escribir.
Muy pronto, el mismo pueblo y los familiares de las muchachas pidieron al párroco que las regresara: Si ellas lo que quieren es ser religiosas, nosotros mismos le construimos el convento. Así comenzó aquella historia de amor, entre Dios y la generosidad de aquellas jóvenes, junto al pueblo de Cantaous.
Pero, continuaban viviendo en sus casas. El Párroco las instruía y les exigía sacrificios inimaginables. Porque la vida entregada por completo a Dios requiere abnegación, inmolación, requiere una entrega total de sí mismo al Dios Amor. Aún así, ellas deseaban compartir ese Amor entre ellas: querían vivir juntas ese llamado, esa experiencia. El Párroco, entonces, les cedió el granero de la casa parroquial.
Y ese día, el 14 de Agosto de 1843, se sentaron en una escalera a conversar de sus planes, no tenían sillas ni muebles.