12/08/2026
📣 || Neiva no puede esperar a tener sed para planificar
Cada vez que en Neiva se habla del agua, casi siempre se hace con el tono de quien espera que el problema no estalle, no con la seriedad de quien decidió resolverlo a tiempo. Y ese es, justamente, el fondo del debate que hoy debería preocuparnos.
La amenaza del fenómeno de El Niño no puede seguir tratándose como una alarma estacional que aparece en los titulares, activa reuniones, mueve comunicados y luego desaparece de la conversación pública hasta la siguiente contingencia. Si de verdad queremos una ciudad preparada, el agua tiene que dejar de ser un asunto de reacción y convertirse en una prioridad permanente de planificación.
Las Ceibas Empresas Públicas de Neiva ha explicado que la ciudad cuenta con una concesión otorgada por la CAM para captar 1.700 litros por segundo del río Las Ceibas. También informó que dispone de 11 tanques de almacenamiento distribuidos en sus tres plantas de tratamiento y de un reservorio con capacidad para 256.000 metros cúbicos de agua.
Además, según sus propios cálculos, ese volumen permitiría mantener el suministro de agua potable durante aproximadamente tres días si fuera necesario suspender temporalmente la captación desde el río. Dicho de esa manera, pareciera que todo está bajo control. Pero basta mirar con atención para entender que esos mismos datos, lejos de tranquilizar, deberían encender una discusión más exigente.
¿Por qué? Porque cuando una ciudad admite que su margen de maniobra frente a una contingencia severa es de apenas tres días, no está describiendo una fortaleza; está revelando su fragilidad.
Tres días no son una garantía estructural. Tres días son un pequeño colchón técnico, útil sin duda, pero insuficiente para que la dirigencia política caiga en la tentación de la autocomplacencia. Si el riesgo aparece cuando el caudal del río disminuye considerablemente y afecta la captación, como reconoció la propia empresa, entonces Neiva sigue dependiendo en gran medida de una condición que no controla: que la fuente hídrica resista, que el verano no apriete más de la cuenta y que la naturaleza no ponga a prueba un sistema cuya resiliencia sigue siendo limitada.
Ese es el verdadero problema de fondo: nuestra relación con el agua sigue siendo demasiado confiada para una ciudad que debería vivir en modo preventivo. Neiva no puede comportarse como si la discusión hídrica fuera solo para técnicos, ambientalistas o juntas de emergencia.
Además, hay un riesgo político que suele pasar inadvertido: en Colombia nos hemos acostumbrado a confundir capacidad de contingencia con capacidad de solución. Instalar sistemas de automatización, monitorear caudales en tiempo real y hacer maniobras nocturnas para recuperar niveles son acciones valiosas y necesarias. Pero no pueden convertirse en excusa para evitar la pregunta más incómoda: ¿está Neiva construyendo una seguridad hídrica de largo plazo o apenas administrando con habilidad una vulnerabilidad estructural?
Porque una ciudad seria no se limita a sobrevivir el verano; diseña condiciones para no llegar al borde cada vez que el clima cambia.
Hay algo más que debería preocuparnos. Cuando se habla del agua, la conversación pública suele reducirse al suministro domiciliario: si sale o no sale, si hay presión suficiente, si alcanzará para los próximos días. Pero el fenómeno de El Niño no golpea solo la llave del lavaplatos. También impacta la economía local, la actividad agropecuaria, el riesgo de incendios forestales, la calidad ambiental y la salud pública.
Es decir, no estamos ante un asunto operativo aislado, sino ante una amenaza transversal que pone a prueba la capacidad de la ciudad para gobernarse con visión. Por eso resulta tan pobre que, cada vez que el tema emerge, se responda con la lógica mínima del aguante: cuántos litros, cuántos tanques, cuántos días. Eso importa, sí, pero no basta.
La pregunta correcta no es solo si Neiva resistiría una contingencia de corto plazo. La pregunta de verdad es si la ciudad está haciendo lo suficiente para que esa contingencia no se convierta en crisis.
Y ahí entran tareas mucho más profundas: proteger la cuenca del río Las Ceibas, revisar el modelo de crecimiento urbano, fortalecer el ahorro de agua, reducir pérdidas, anticipar inversiones y asumir que el cambio climático ya no es un concepto lejano, sino un factor concreto de presión sobre la vida cotidiana.