28/02/2026
No sé cuántos años viviendo aquí sin detenerme a mirar de verdad el cielo de mi pueblo. Sin contar sus capas. Sin entender que cada atardecer es distinto, irrepetible, casi caprichoso.
Vivimos buscando lo que ahora llaman aesthetic. Creemos que componer una imagen es perseguir lo extraordinario, viajar lejos, encontrar escenarios exóticos, luces perfectas, momentos calculados. Y hoy, revisando la galería entre el mundo de fotos cotidianas, caí en cuenta de algo incómodo y hermoso: lo extraordinario es lo que siempre da uno por seguro. Lo que esta al alcance de mi ventana.
Hoy me quedé mirando los matices: el naranja incendiándose en el horizonte, el rojo que parece latir detrás de las nubes, el gris que no apaga, sino que sostiene la escena como un telón solemne. Y abajo, la vida cotidiana… techos, luces, cables… como si el cielo estuviera haciendo una obra solo para nosotros, gratis, todos los días.
Nos quejarnos del calor del sol. Nos ocupamos en nuestros asuntos, en los afanes, en las urgencias pequeñas que creemos enormes. Y en medio de todo eso, olvidé mirar.
Hay una belleza silenciosa en ver cómo el día no termina de golpe, sino que se transforma. Como si el sol se negara a irse sin antes dejar una última declaración de fuego.
Tal vez la fascinación no sea solo por el color.
Tal vez es por lo que simboliza: finales que no son trágicos, despedidas que brillan, oscuridades que llegan con dignidad.
Hoy entendí que no necesito viajar lejos para sentir asombro.
Que no todo lo bello está fuera.
Que a veces lo extraordinario es lo que siempre estuvo ahí, esperando que levantara la mirada.
Ahora… tampoco exageremos.
Claro que quiero viajar y voy a empacar maletas . Y claro que quiero ver otros cielos, retratarlos, enamorarme de otras puestas de sol como si no tuviera compromiso previo.
Sí, probablemente sea una infidelidad atmosférica.
Pero este cielo fue el primero… no prometí que sería el único, además la infidelidad en mi pueblo está normalizada😅.
Uno puede amar sus raíces, pero no nació para quedarse mirando el mismo horizonte toda la vida.