Avanti a Lui

Avanti a Lui Calendario de Conciertos, Ópera y Ballet

Religión, prejuicio y escena: cuando el repertorio incomoda al presenteUna falsa noticia sobre una supuesta prohibición ...
08/06/2026

Religión, prejuicio y escena: cuando el repertorio incomoda al presente

Una falsa noticia sobre una supuesta prohibición de Nabucco permite abrir una reflexión más amplia: cómo leer hoy las obras teatrales y líricas que representan judíos, católicos, musulmanes, protestantes, inquisidores, cruzados, mártires y fanáticos religiosos.

Una noticia que ha circulado en las redes sobre una supuesta prohibición de Nabucco en España —atribuida a una delirante conspiración según la cual Giuseppe Verdi habría sido un agente encubierto del Mossad que incorporó propaganda subliminal sionista en el coro de los esclavos hebreos— no resiste el menor análisis histórico. Verdi nació en 1813 y murió en 1901; el Mossad fue creado varias décadas después; y Nabucco, estrenada en La Scala de Milán en 1842, toma como punto de partida un episodio bíblico: el cautiverio del pueblo hebreo en Babilonia y el anhelo de retorno a la patria perdida.

El disparate, sin embargo, deja abierta una cuestión seria. La historia del teatro y de la ópera está llena de obras que representan religiones, identidades y comunidades bajo la mirada de su tiempo. Algunas muestran persecuciones religiosas. Otras denuncian el fanatismo. Otras reproducen estereotipos que hoy resultan incómodos. Y muchas combinan, en un mismo texto o en una misma partitura, belleza artística, conflicto moral y prejuicio heredado.

El caso más citado es El mercader de Venecia, de William Shakespeare. Shylock, el prestamista judío que exige una libra de carne como garantía de una deuda, quedó asociado durante siglos a la imagen del judío usurero, vengativo y materialista. Pero Shakespeare también le concede una de las defensas más humanas del teatro occidental en el célebre pasaje: “¿No tiene ojos un judío? ¿No tiene manos, órganos, dimensiones, sentidos, afectos, pasiones? ¿No se alimenta con la misma comida, no lo hieren las mismas armas, no está sujeto a las mismas enfermedades?”. Esa tensión explica la permanencia del debate. La obra puede leerse como una pieza atravesada por prejuicios antisemitas, como una exposición del antisemitismo cristiano de su época, o como una combinación incómoda de ambas dimensiones.

El final agrava el problema. Shylock no pierde solo su pleito: es obligado a convertirse al cristianismo. La conversión forzada aparece así como castigo legal, derrota social y humillación religiosa. Esa escena obliga a pensar cómo la comedia puede alojar una violencia muy profunda bajo la apariencia de resolución jurídica.

Ese motivo tuvo, además, una derivación argentina relevante. El mercader de Venecia fue reformulado por Agustín Cuzzani en Una libra de carne, obra que registró una puesta en el Teatro San Martín de Buenos Aires. Cuzzani no traslada de manera literal el conflicto de Shakespeare, sino que lo reubica en una clave de sátira social y judicial. La “libra de carne” deja de ser solo la garantía brutal exigida por Shylock y se convierte en metáfora de una sociedad que mide el valor de una vida humana con criterios de cálculo, expediente y conveniencia. Allí donde Shakespeare instala la tensión entre deuda, ley, religión y venganza, Cuzzani desplaza el problema hacia la crueldad de las instituciones y la deshumanización de los vínculos.

Más frontal resulta El judío de Malta, de Christopher Marlowe. Barabas, su protagonista, pertenece a una tradición teatral más agresiva: el judío rico, astuto, manipulador y criminal. La obra posee importancia histórica, pero su construcción participa con claridad de la imagen del judío villano. Su permanencia en el estudio del teatro isabelino exige una lectura capaz de reconocer el valor dramático de la pieza y, al mismo tiempo, el peso de su imaginario hostil.

También deben mencionarse los dramas de la Pasión, especialmente el caso de Oberammergau, Alemania, cuestionado durante décadas por presentar a los judíos como responsables colectivos de la muerte de Cristo. El problema no pertenece solo al teatro hablado. La Pasión según San Juan, de Johann Sebastian Bach, plantea un desafío interpretativo por la presencia del término “los judíos” en la tradición evangélica de Juan. En ese caso, la cuestión no se reduce a una intención antisemita de la obra musical, sino a la transmisión litúrgica de un texto que, leído sin contexto, puede reforzar una idea de culpa colectiva.

En el siglo XIX, Oliver Twist, de Charles Dickens, y sus derivaciones escénicas y musicales, entre ellas Oliver!, llevaron al teatro la figura de Fagin, uno de los personajes más discutidos de la literatura victoriana. Fagin quedó asociado a un estereotipo reconocible: el judío viejo, corruptor de niños, ligado al delito y a la avaricia. Muchas versiones modernas han intentado atenuar esa carga, pero la herencia sigue allí. La discriminación no siempre aparece como doctrina explícita; muchas veces se instala por acumulación de rasgos, gestos, acentos, vestuarios y asociaciones visuales.

En la ópera, La Juive, de Fromental Halévy, ocupa un lugar singular. Su título puede resultar hoy incómodo y el libreto conserva marcas de época, pero la obra también denuncia la persecución religiosa y la violencia institucional contra los judíos. Estrenada en París en 1835, narra el destino trágico de Rachel y de Eléazar en una sociedad cristiana que condena y excluye. Por eso no admite una lectura lineal. Puede contener estereotipos y, a la vez, conmover por su exposición de la intolerancia.

Un caso contemporáneo es The Death of Klinghoffer, de John Adams, basada en el secuestro del crucero Achille Lauro y el as*****to de Leon Klinghoffer. La ópera fue acusada de antisemitismo por sectores que consideraron que otorgaba una voz excesiva a los terroristas. Sus defensores, en cambio, sostienen que la obra no justifica el crimen, sino que intenta construir una meditación trágica sobre violencia, identidad, memoria y dolor. La controversia demuestra que el problema no pertenece solo al repertorio antiguo: también la ópera contemporánea puede quedar atrapada entre representación, empatía dramática y responsabilidad ética.

En ese mapa, Richard Wagner ocupa un lugar inevitable. No se puede hablar de antisemitismo y música sin mencionar su escrito Das Judenthum in der Musik, publicado por primera vez en 1850 bajo seudónimo y reeditado en 1869 con su nombre, en una versión ampliada. Allí Wagner ataca a los judíos en la vida musical alemana y dirige sus acusaciones contra compositores como Giacomo Meyerbeer y Felix Mendelssohn. La gravedad del texto no reside solo en su violencia verbal, sino en que transforma el prejuicio en argumento estético: presenta a los judíos como incapaces de una creación musical auténticamente vinculada al supuesto espíritu alemán.

Esa sombra condiciona la recepción de algunas zonas de su teatro musical. En Die Meistersinger von Nürnberg, el personaje de Beckmesser ha sido leído por distintos estudiosos como posible caricatura antisemita: pedante, ridiculizado, incapaz de cantar con verdadera inspiración y derrotado por el ideal de una música alemana “verdadera”. No todos aceptan esa interpretación con la misma contundencia, pero la discusión existe y no puede separarse del pensamiento explícito de Wagner. En otras obras, como Parsifal, Lohengrin o El anillo del nibelungo, el problema aparece de forma menos directa, asociado a ideas de pureza, redención, comunidad, sangre, exclusión o pertenencia. No siempre se trata de antisemitismo literal en la trama, pero sí de un universo simbólico que fue leído y apropiado por ideologías posteriores.

También Salome, de Richard Strauss, basada en la obra de Oscar Wilde, ha sido revisada desde esta perspectiva. La escena de los cinco judíos, con su discusión ansiosa y su escritura vocal nerviosa, suele citarse como ejemplo de una caracterización incómoda. La obra no se agota en ese punto, porque su centro dramático está en el deseo, el poder, la mirada y la violencia; pero el detalle recuerda que el prejuicio escénico puede aparecer como color, como textura vocal, como caricatura de grupo.

El análisis cambia cuando se mira la representación del catolicismo. Diálogos de carmelitas, de Francis Poulenc, no es una obra anticatólica. Al contrario, dramatiza la persecución de las Carmelitas de Compiègne durante el Terror de la Revolución Francesa. Las monjas, obligadas a abandonar su vida religiosa, terminan en la guillotina. Allí la fe católica no aparece ridiculizada, sino puesta a prueba por la violencia política. La obra muestra una discriminación contra católicos y transforma el martirio en materia musical de una intensidad pocas veces igualada en el siglo XX.

Otro caso es Don Carlo, de Giuseppe Verdi. La ópera no ataca la fe católica como experiencia espiritual, pero ofrece una de las imágenes más severas del poder inquisitorial. El Gran Inquisidor aparece como una figura capaz de doblegar al propio rey Felipe II. La religión, en ese universo, se confunde con razón de Estado, censura y represión. Verdi pone en escena una maquinaria de poder que usa la religión como instrumento político.

Algo similar ocurre en Tosca, de Giacomo Puccini. El célebre Te Deum del final del primer acto produce uno de los choques más violentos entre liturgia y corrupción moral. Mientras la iglesia celebra, Scarpia expresa su deseo de poseer a Tosca y destruir a Cavaradossi. El efecto teatral es brutal porque la música sagrada y la ambición criminal avanzan juntas. La crítica apunta a la hipocresía de un poder que se envuelve en signos religiosos.

Los hugonotes, de Giacomo Meyerbeer, lleva la cuestión al terreno de las guerras de religión. La ópera culmina con la matanza de San Bartolomé y muestra la violencia católica contra los protestantes franceses. Su fuerza nace de ese enfrentamiento entre amor, política y fanatismo. En ciertas lecturas, la obra puede parecer anticatólica; en otras, funciona como denuncia de una religión convertida en partido de exterminio. El problema no está solo en el libreto, sino también en el énfasis que cada puesta decide construir.

La representación del islam y del mundo musulmán abre otro campo de discusión. La conquista de Granada, de Emilio Arrieta, con libreto de Temistocle Solera, estrenada en Madrid en 1850, pertenece al imaginario romántico español sobre la caída del reino nazarí. La obra se mueve entre historia, mito nacional y orientalismo. El mundo moro aparece como enemigo vencido, pero también como escenario de fascinación estética. Esa mezcla de admiración y subordinación es característica de muchas miradas europeas del siglo XIX sobre el islam.

También I Lombardi alla prima crociata, de Giuseppe Verdi, exige una lectura actual cuidadosa. La ópera se sitúa en el marco de la Primera Cruzada y representa el enfrentamiento entre cristianos y musulmanes por Jerusalén. En su época, el asunto podía integrarse al entusiasmo patriótico y religioso del melodrama histórico. Hoy, en cambio, ese mismo argumento obliga a revisar cómo la escena europea construyó durante siglos la figura del musulmán como enemigo de la cristiandad.

En Maometto II, de Gioachino Rossini, el sultán otomano aparece como adversario militar de los venecianos. La obra, sin embargo, no se reduce a una demonización del personaje. Rossini le da una estatura vocal y dramática considerable. Aun así, forma parte de una tradición donde el turco, el sultán y el mundo otomano ingresan en la escena europea como amenaza, exotismo o poder seductor.

El caso de El rapto en el serrallo, de Wolfgang Amadeus Mozart, es todavía más complejo. La obra participa del gusto europeo por lo “turco”: el serrallo, el pachá, el harén, los golpes de color orquestal, la figura cómica de Osmin. Pero Mozart introduce un giro decisivo: el Pachá Selim, que podría haber sido presentado como déspota oriental, termina actuando con clemencia. La obra conserva elementos de orientalismo, aunque no se limita a repetirlos de manera plana. Su dificultad actual consiste en evitar que la escena transforme ese mundo otomano imaginado en una caricatura del islam.

En el terreno cómico, L’italiana in Algeri e Il turco in Italia, ambas de Gioachino Rossini, recurren a una geografía de fantasía, con turcos, beyes, italianas ingeniosas, harenes, disfraces y juegos de poder. El problema no reside en una prédica religiosa directa, sino en una mirada cultural que convierte al otro en materia de exotismo y comicidad. Muchas producciones actuales resuelven esa herencia acentuando el carácter de farsa, desplazando el foco hacia la crítica de los estereotipos o evitando signos visuales que refuercen prejuicios.

La pregunta de fondo no debería llevar a la prohibición automática de las obras. La historia cultural no se limpia borrando sus zonas incómodas. Se comprende mejor cuando se las mira de frente. Una obra puede contener prejuicios y seguir siendo importante. Puede mostrar persecución religiosa sin defenderla. Puede denunciar el fanatismo y, al mismo tiempo, conservar clichés de su época. Puede incomodar porque guarda, en su texto o en su música, marcas de una sociedad que no pensaba como la nuestra.

El teatro y la ópera no son museos inocentes. En ellos sobreviven visiones del mundo, jerarquías, miedos colectivos, fantasías nacionales, imágenes del enemigo, formas de piedad y mecanismos de exclusión. Por eso cada reposición exige una responsabilidad nueva. Las notas de programa, las conferencias previas, las traducciones, las decisiones de vestuario, la dirección escénica y el modo de presentar una obra pueden cambiar por completo su sentido ante el público.

Nabucco no necesita defensa frente a una conspiración inexistente. Pero el absurdo de esa acusación permite recordar algo más valioso: las obras del repertorio no son piezas mudas. Hablan desde el pasado y también desde el presente que las vuelve a poner en escena. La tarea crítica consiste en distinguir entre fe, poder, prejuicio, persecución y representación. Allí, justamente, la ópera y el teatro conservan su fuerza: no porque sean puros, sino porque siguen obligándonos a escuchar lo que una sociedad quiso cantar, justificar, denunciar o temer.

Víctor Fernández
www.avantialui.org © 8/6/2026

España sonora: el Festival Konex inicia su viaje musical por la tradición hispánica
08/06/2026

España sonora: el Festival Konex inicia su viaje musical por la tradición hispánica

Krishna, de John Tavener: el estreno póstumo que abrió una discusión más allá de la músicaEl estreno mundial póstumo de ...
05/06/2026

Krishna, de John Tavener: el estreno póstumo que abrió una discusión más allá de la música

El estreno mundial póstumo de Krishna, última ópera de John Tavener, llegó a Grange Park Opera con dirección escénica de Sir David Pountney y una recepción crítica severa. Entre la espiritualidad, el rito, la ambición visual y las acusaciones de exotismo anacrónico, la obra expone una pregunta incómoda: qué sucede cuando una partitura nacida de una búsqueda mística llega al escenario veinte años después de haber sido escrita.

El estreno mundial póstumo de Krishna, de John Tavener, en Grange Park Opera, no pasó inadvertido. La obra, completada en 2005 y presentada ahora en el Theatre in the Woods de West Horsley, condensa varios elementos capaces de despertar interés antes de que suene la primera nota: una ópera final de un compositor asociado a la espiritualidad, una larga espera hasta su llegada al escenario, la intervención de Sir David Pountney en la dirección, la presencia coreográfica de Shobana Jeyasingh y una materia religiosa de enorme densidad simbólica: la vida de Krishna.

Pero el estreno también abrió un debate. Las primeras críticas internacionales, en especial las publicadas por The Guardian y Bachtrack, fueron duras. Ambas reconocieron el compromiso de cantantes, orquesta y equipo musical, pero pusieron en cuestión la consistencia dramática de la obra y el modo en que la producción aborda el universo espiritual hindú. El acontecimiento, por eso, interesa menos como simple estreno que como síntoma: una obra nacida de una aspiración mística llega al escenario en un tiempo que ya no mira del mismo modo los cruces entre Occidente, religión, representación y exotismo.

John Tavener fue una de las figuras más singulares de la música británica de la segunda mitad del siglo XX. Su nombre quedó asociado a un lenguaje de fuerte impronta espiritual, con obras como The Protecting Veil y Song for Athene, esta última ampliamente conocida por haber sonado en el funeral de Diana, princesa de Gales. Su catálogo estuvo atravesado por la búsqueda de una trascendencia musical que tomó elementos del cristianismo ortodoxo, del canto litúrgico, de la contemplación y, en su etapa final, de una mirada más amplia sobre distintas tradiciones religiosas.

En Krishna, esa búsqueda se desplaza hacia el universo hindú. El propio compositor definió la obra como una “pantomima mística”, una denominación que ya advierte que no estamos ante una ópera narrativa convencional. La pieza se organiza en cuadros o viñetas de la vida del dios Krishna, con texto en sánscrito e inglés y una estructura ritualizada que combina música, danza, tableaux escénicos y narración. La página oficial de Grange Park Opera presenta la obra bajo el lema “Love, Devotion and the Cosmos: Krishna’s Eternal Dance” y la describe como una experiencia en la que danza, ritual y sonoridades etéreas se unen alrededor de la figura divina.

La producción reúne a Ross Ramgobin como Narrador Celestial, Sara Fulgoni como Bhumi y Yashoda, Rosa Sparks como Krishna niño, Eliran Kadussi como Krishna adolescente, Elgan Llŷr Thomas como Krishna joven, Brett Polegato como Krishna adulto, Julia Sitkovetsky como Radha, Jennifer Statham como Radha niña y Nazan Fikret como Rukmini. La dirección musical está a cargo de Mark Shanahan, con Sir David Pountney en la puesta, escenografía y vestuario de Rachana Jadhav, coreografía de Shobana Jeyasingh e iluminación de Tim Mitchell.

El proyecto tiene una historia particular. Grange Park Opera había anunciado en 2020 que Krishna recibiría allí su estreno mundial. La obra había sido completada en 2005 y permanecía inédita en escena. Según informó el propio teatro, el entonces príncipe de Gales, admirador de Tavener, pidió a Sir David Pountney que considerara la partitura después de que la viuda del compositor llamara la atención sobre ella. A partir de ese impulso, la ópera encontró finalmente el camino hacia el escenario.

La expectativa era comprensible. Un estreno póstumo de estas características siempre convoca una mezcla de curiosidad, respeto y cautela. En música, las obras tardías o finales suelen ser leídas como testamentos, incluso cuando esa palabra puede resultar excesiva. En el caso de Tavener, la tentación es mayor: buena parte de su producción pareció avanzar hacia una zona de despojamiento, símbolo, oración y contemplación. Krishna aparece entonces como una prolongación de ese camino, aunque con una escala escénica más ambiciosa.

La recepción, sin embargo, fue problemática. The Guardian, en una crítica firmada por Flora Willson, reconoció la entrega de los intérpretes y la labor de la orquesta, pero consideró que la obra no logra sostener su propuesta escénica ni dramática. La reseña destacó el compromiso de Ross Ramgobin, la flexibilidad vocal de Eliran Kadussi, la claridad de las sopranos y la intervención percusiva de Nao Masuda, pero cuestionó la audibilidad del texto, el funcionamiento de los sobretítulos y una puesta marcada por gestos estáticos, símbolos de lectura poco eficaz y momentos visuales considerados fallidos.

La crítica más severa apuntó a otro plano: la perspectiva cultural de la obra. Para The Guardian, Krishna aparece hoy atravesada por una mirada que remite al orientalismo operístico del siglo XIX, con una apropiación occidental de materiales religiosos y estéticos que, dos décadas después de su composición, resultan difíciles de recibir sin incomodidad. La reseña no objeta solo decisiones de puesta o problemas de ejecución: plantea una discusión sobre el modo en que la ópera representa una tradición religiosa ajena al compositor y al marco cultural de producción.

Bachtrack, por su parte, también publicó una crítica negativa, con un título que resume su posición: Tavener’s Krishna fails to convince in world premiere. El reparo central no parece recaer sobre el esfuerzo del elenco o de la orquesta, sino sobre la capacidad de la obra para convencer como experiencia teatral. La coincidencia entre ambas miradas vuelve más interesante el caso: no estamos ante una simple divergencia de gustos, sino ante una recepción que identifica un problema estructural entre intención espiritual, dramaturgia y representación escénica.

El punto es delicado. La ópera ha recurrido durante siglos a mundos lejanos, religiones, mitologías, geografías imaginadas y culturas vistas desde Europa. Ese impulso produjo obras fundamentales, pero también cargó con distorsiones, estereotipos y apropiaciones que hoy se revisan con mayor atención. Aida, Madama Butterfly, Lakmé, Les pêcheurs de perles o Turandot son títulos que, cada uno a su modo, obligan a pensar esa tensión entre fascinación estética y mirada colonial o exotizante. Krishna llega a ese debate desde otro lugar: no es una pieza del siglo XIX ni una ópera de repertorio heredada, sino una obra escrita en 2005 por un compositor británico de intensa vocación religiosa.

Allí reside parte de su fragilidad. La intención de Tavener parece estar lejos de la postal superficial. Su interés por lo sagrado fue constante y sincero. Pero la sinceridad espiritual no resuelve por sí sola el problema escénico ni cultural. Una obra puede nacer de una búsqueda auténtica y, al mismo tiempo, quedar atrapada en formas de representación que el presente recibe con distancia. El estreno de Krishna muestra esa fricción con claridad: la devoción imaginada por el compositor no siempre se traduce en teatro vivo.

También hay una cuestión estrictamente operística. La ópera necesita algo más que una atmósfera. Puede sostener la contemplación, el estatismo o el rito, pero requiere una tensión interna que mantenga la escucha y la mirada. Si la narración se fragmenta en cuadros, si la palabra no llega con nitidez, si el símbolo no se vuelve acción y si la escena acumula signos sin convertirlos en conflicto, el resultado corre el riesgo de quedar suspendido entre ceremonia y museo. Las críticas publicadas sugieren que ese fue uno de los principales límites del estreno.

Nada de esto elimina el valor del acontecimiento. En un momento en que los teatros suelen medir con cuidado los riesgos económicos y artísticos, Grange Park Opera asumió la presentación de una obra inédita, compleja, de gran aparato escénico y escasa previsibilidad comercial. Ese gesto merece ser señalado. La producción, además, tendrá continuidad internacional: el proyecto está previsto también para Houston Grand Opera en la temporada 2027/2028, lo que permitirá observar si la obra encuentra otra lectura, otra escala o una recepción distinta fuera del contexto británico.

El caso de Krishna recuerda que un estreno mundial no siempre equivale a una consagración. A veces inaugura una pregunta. En este caso, la pregunta involucra a John Tavener, a la ópera contemporánea, a la representación de lo sagrado, al modo en que los teatros recuperan obras póstumas y a la responsabilidad estética de llevar al escenario materiales religiosos de otras tradiciones. La severidad de la crítica no clausura la obra; la coloca en discusión.

Quizá ese sea, por ahora, el destino más interesante de Krishna. No el de una revelación indiscutida, sino el de una pieza que obliga a pensar qué esperamos de la ópera cuando se acerca al rito, a la espiritualidad y a culturas que no le pertenecen de manera inmediata. Tavener buscó en Krishna una imagen de amor, eternidad y retorno. El teatro, en cambio, le devolvió una escena más incierta: la de una obra nacida para tocar lo divino y recibida por una época que ya no acepta sin reservas las formas heredadas de mirar al otro.

Fuentes:
The Guardian, “Krishna review – the mystery of John Tavener’s ‘mystic pantomime’ is why it has been staged”.
Bachtrack, “Tavener’s Krishna fails to convince in world premiere”.
Grange Park Opera, “Krishna”.
Wise Music Classical, “World premiere production of Krishna by John Tavener”.

Víctor Fernández
www.avantialui.org © 2026

Cuando la voz se vuelve mito: el Indio Solari y una lectura desde la óperaLa muerte de Carlos “Indio” Solari permite mir...
05/06/2026

Cuando la voz se vuelve mito: el Indio Solari y una lectura desde la ópera

La muerte de Carlos “Indio” Solari permite mirar su figura desde un territorio inesperado: no por una cercanía musical directa con la ópera, sino por aquello que ambos mundos comparten cuando la voz deja de ser canción y se convierte en personaje, rito, multitud y memoria.

La noticia de la muerte de Carlos “Indio” Solari, a los 77 años, conmueve a una zona profunda de la cultura argentina. Fue cantante, compositor, letrista, voz emblemática de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, figura central de una forma de entender el rock como independencia artística, lenguaje propio y comunidad. También fue, en los últimos años, una presencia cada vez más esquiva, atravesada por la enfermedad de Parkinson, alejada de los escenarios pero no de la imaginación de su público.

A primera vista, vincular al Indio Solari con la ópera podría parecer un gesto caprichoso. Sus territorios fueron otros: el rock, la contracultura, la canción popular, la poética cifrada, el recital multitudinario, la autogestión, la resistencia a los formatos previsibles de la industria. Sin embargo, hay zonas donde esos mundos se rozan. La ópera sabe desde hace siglos que una voz puede convertirse en destino. El rock ricotero supo, a su manera, que una voz también puede transformarse en mito.

La ópera no trabaja solamente con melodías. Trabaja con cuerpos que cantan, con voces que construyen autoridad, deseo, derrota, furia, memoria. En una ópera, una voz no ilustra a un personaje: muchas veces lo crea. Un rey puede derrumbarse en una frase musical; una mujer perseguida puede encontrar en el canto la fuerza que la sociedad le niega; una multitud puede dejar de ser fondo para convertirse en conciencia escénica. En ese sentido, la voz del Indio Solari funcionó durante décadas como algo más que un instrumento reconocible. Fue una presencia dramática.

No era una voz lírica, ni buscaba serlo. Su potencia no estaba en la belleza académica, ni en la expansión sonora que asociamos al teatro de ópera. Estaba en otra parte: en el timbre áspero, en la forma de decir, en la respiración narrativa, en la distancia entre el cantante y el personaje que parecía habitar cada canción. Esa voz no pedía permiso para entrar. Aparecía como una máscara. Y la máscara, lo sabe bien la ópera, permite decir verdades que el rostro desnudo no siempre soporta.

También el nombre Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota contiene una intuición teatral. Patricio Rey fue, desde el comienzo, una figura desplazada, un nombre que no coincidía con una persona visible, una especie de entidad tutelar, fantasma, emblema y broma privada convertida en leyenda pública. La ópera está llena de poderes invisibles: dioses que ordenan desde lejos, destinos que nadie ve pero todos obedecen, autoridades ausentes que condicionan cada acto. En el universo ricotero, Patricio Rey funcionó como una ficción compartida. Y pocas cosas son tan teatrales como una ficción aceptada por una comunidad entera.

Los primeros tiempos de Los Redondos estuvieron ligados a una experiencia escénica más amplia que el recital convencional. Hubo mezcla de música, performance, elementos circenses, gestualidad de tribu artística y voluntad de crear un acontecimiento antes que un simple concierto. Esa dimensión resulta clave para pensar el puente con la ópera. La ópera nació como una forma de espectáculo total: música, palabra, cuerpo, espacio, luz, vestuario, poder, ceremonia. En otro registro, con otra estética y otra política de los materiales, el mundo ricotero también entendió que la música podía exceder la canción y convertirse en escena.

Pero el punto más intenso de contacto acaso esté en la multitud. La ópera hizo del coro uno de sus grandes personajes colectivos. El coro puede ser pueblo, ejército, corte, masa religiosa, turba, conciencia moral, rumor social. En el caso del Indio Solari, la multitud dejó de ser público pasivo para convertirse en parte de la obra. La llamada “misa ricotera” no fue una metáfora inocente. Aludía a una liturgia popular: viaje, espera, canto común, códigos propios, pertenencia, memoria compartida.

En esa liturgia, el artista ocupaba un lugar singular. El Indio estaba y no estaba. Se mostraba y se retiraba. Hablaba poco, pero cada aparición parecía cargada de sentido. La ópera conoce esa economía de la presencia. Hay personajes que dominan una obra incluso cuando no están en escena. Hay voces que llegan precedidas por su leyenda. Hay figuras que adquieren poder por lo que cantan y también por lo que callan. Solari construyó una forma de autoridad artística basada en la distancia, en la negativa a volverse transparente, en la defensa de un misterio.

Por eso, la comparación con la ópera no debe buscarse en la partitura. Nadie escucharía en sus canciones una prolongación de Giuseppe Verdi, Richard Wagner o Giacomo Puccini. El vínculo está en otra zona: en la relación entre voz, personaje y comunidad. Verdi comprendió como pocos que una multitud puede cantar una identidad. Wagner llevó hasta el extremo la idea de mito escénico. Puccini supo que una voz puede condensar una emoción colectiva en pocos minutos. El Indio Solari, desde el rock argentino, trabajó con materiales distintos, pero también produjo una forma de identificación que excedió el gusto musical.

Su reciente Doctorado Honoris Causa otorgado por la Universidad de Buenos Aires confirmó algo que el público sabía desde hacía décadas: su obra forma parte del patrimonio simbólico argentino. La distinción destacó la originalidad de su producción, su aporte a la cultura popular, su pensamiento crítico y la capacidad de generar sentidos colectivos. Esa formulación universitaria ayuda a leerlo más allá de la idolatría y del rechazo. Solari fue un artista popular de enorme densidad simbólica. Su obra no se agota en la nostalgia ni en la celebración generacional.

La ópera, a su modo, también vive de esa tensión entre arte y comunidad. Nació vinculada a cortes y teatros, pasó por revoluciones, censuras, burguesías, nacionalismos, públicos fervorosos, divos, rituales y mitologías. Cada época la resignificó. El rock argentino hizo algo parecido con sus propios materiales. En ese mapa, el Indio Solari ocupó un lugar excepcional: fue letrista, cantante, personaje, emblema y punto de reunión para generaciones que encontraron en sus canciones una forma de reconocerse.

Su muerte abre el tiempo de los balances, pero conviene evitar el mármol prematuro. Convertirlo solo en estatua sería traicionar parte de su fuerza. El Indio perteneció a una tradición más incómoda: la de los artistas que no se dejan ordenar del todo. Como ciertos personajes de ópera, queda unido a una voz que regresa aun cuando el cuerpo ya no está. La diferencia es que aquí no hay foso, ni telón, ni platea de terciopelo. Hay grabaciones, memoria callejera, frases que circulan, cuerpos que alguna vez saltaron juntos, canciones que siguen convocando.

Quizá allí esté la razón más profunda para mirarlo desde la ópera. Porque la ópera enseña que una voz puede sobrevivir a su dueño. Que el canto, cuando toca una fibra colectiva, deja de pertenecer por completo a quien lo emitió. Pasa a manos de quienes lo escucharon, lo repitieron, lo deformaron, lo hicieron suyo. La voz del Indio Solari ya entró en ese territorio. No como aria, no como recitativo, no como tradición lírica, sino como una de las grandes voces míticas de la cultura popular argentina.

Fuentes:
El País: “Muere el ‘Indio’ Solari, una de las últimas leyendas del rock argentino”.
Universidad de Buenos Aires: “El Indio Solari agradeció el Doctorado Honoris Causa que le fue otorgado por la UBA”.
Página/12: “Indio Solari, honoris causa de la UBA”.
Infobae: “Cómo nacieron Los Redondos: los años siniestros, las primeras grabaciones y el circo arriba del escenario”.

Víctor Fernández
www.avantialui.org © 2026

Address


C1226AAC

Alerts

Be the first to know and let us send you an email when Avanti a Lui posts news and promotions. Your email address will not be used for any other purpose, and you can unsubscribe at any time.

Contact The Business

Send a message to Avanti a Lui:

  • Want your business to be the top-listed Media Company?

Share