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Quipu de Cultura Quipu de Cultura. Revista. Editada en Santiago del Estero, República Argentina. Puede conseguirse en kioscos. También en Marcos Vizoso y Utopía.

Los UlalosCapítulo 67Moisés Carol y su amigo Alberto Revainera pasaron varios días, entre conversaciones amables, almuer...
30/06/2026

Los Ulalos
Capítulo 67

Moisés Carol y su amigo Alberto Revainera pasaron varios días, entre conversaciones amables, almuerzos y cenas con aquellas personas tan cálidas como eran quienes habitaban por entonces las zonas rurales de Santiago. Una antigua sabiduría había permanecido a través de los siglos en aquellos santiagueños y santiagueñas. Impregnando todas las clases sociales. Esto hacía deliciosa la permanencia en sus moradas, profundamente agradables sus conversaciones.

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https://ulalos.blogspot.com/2026/06/capitulo-67.html

Esta semana, dos encuentros virtuales:- Internacionalizar el proyecto editorial: ferias, distribución y comunicación. A ...
13/04/2026

Esta semana, dos encuentros virtuales:
- Internacionalizar el proyecto editorial: ferias, distribución y comunicación. A cargo de Julia Ariza. Martes 14, de 17 a 19 h.
- Desafíos de publicar y autopublicar. A cargo de Facundo Mounes. Sector Videojuegos. Jueves 16, de 17 a 19 h.

Los UlalosCapítulo 54La Mujer caminaba descalza bajo el sol. Debía tener unos cuarenta años. Vestía hábito marrón, un pa...
03/03/2026

Los Ulalos
Capítulo 54
La Mujer caminaba descalza bajo el sol. Debía tener unos cuarenta años. Vestía hábito marrón, un pañuelo del mismo tono atado a la cabeza y un sombrero de paja. De su cuello colgaba un largo rosario, hecho con semillas de chañar. Del cual colgaba una gran cruz, tallada en algarrobo. Los indios mineros, en las orillas de Esteco, la vieron pasar como a las dos de la tarde, por el caminito que conducía a Salta, serpenteando entre las serranías.

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https://ulalos.blogspot.com/2026/03/capitulo-54.html

Los UlalosCapítulo 53Juan Christensen, Moisés Carol, Umbídez, y Alberto Revainera, habían decidido reunirse el tercer do...
25/02/2026

Los Ulalos
Capítulo 53
Juan Christensen, Moisés Carol, Umbídez, y Alberto Revainera, habían decidido reunirse el tercer domingo de junio, de 1938. En Fortín Melero, una finca de los Revainera, para discernir interrogantes que los cuatro sustentaban acerca del pasado de nuestra provincia de Santiago del Estero -y de toda la región, antiguamente denominada "Tucma", luego "Tucumán", antes de configurarse, durante el siglo XIX, como la República Argentina.
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El tigre se había acomodado sobre una anchísima rama de Samu’u, árbol muy grande en el Chaco sudamericano. En aquellos t...
17/02/2026

El tigre se había acomodado sobre una anchísima rama de Samu’u, árbol muy grande en el Chaco sudamericano. En aquellos tiempos de tala indiscriminada de quebrachos, el Samu’u, de impresionante tamaño y ramas gruesas aparecía cada vez más nítidamente entre los restos de monte aniquilado. Los Matacos reverenciaban a este árbol, por su altura y su capacidad para soportar condiciones adversas, lo que lo convertía en un símbolo de la riqueza natural del Chaco. Los Samu’u poseían una madera densa y resistente; los wichís matacos la utilizaban para fabricación de muebles y mampostería de sus humildes chozas. Sabían, además, (aunque no con estas palabras) que su presencia en el ecosistema era crucial para la biodiversidad y la salud del entorno natural.
Por su parte el yaguareté, llamado “tigre” por los aborígenes, era el felino más grande de América y el tercero del mundo. Medía entre 150 y 180 cm de largo, con una altura de 65 a 80 cm en la cruz y un peso que variaba entre los 80 y 90 kilos. Aunque en algunas ocasiones, podía alcanzar hasta 140 kilos. Su pelaje es de color naranja con manchas negras, y su cola es relativamente corta y delgada. Este animal es conocido por su agilidad y su capacidad de cazar presas como pecaríes y tapires.
El tigre que nos ocupa debía pesar al menos unos ciento veinte kilos. Observaba, tranquilamente, a una india como de treinta años, que revolvía circularmente, con un palo grueso, la gran olla de hierro sobre una fogata. Colgadas de un alambre, contra la pared del rancho, estaban los cueros de dos grandes vizcachas. Todavía mojados por su sangre. Seguramente la mujer hervía la carne, en agua con aceite y vinagre, sazonándose, con zanahorias, cebolla, pimientos morrones, dientes de ajo, romero y hojas de laurel.
El aroma que emanaba de esa humareda blanca, elevándose hasta desintegrarse en la noche negra, era agradable -pensó el tigre.
Una niña, como de tres años, salió repentinamente del rancho. Indecisa, miró a quien debía de ser su madre; hasta que se decidió, por fin, a enfilar su rumbo en sentido contrario: con pasos todavía inseguros, se encaminó con bastante rapidez, hacia un badén, luego del cual, a la distancia, se distinguían lucecitas de lo que podría ser una aldea. Soltando el palo con el que revolvía la olla la india corrió alcanzándola antes que comenzara a descender; le asestó un chirlo, no demasiado fuerte, en su cabecita y, cargándola en brazos, la sentó con alguna violencia sobre una pequeña banqueta.
El tigre parecía disfrutar de la escena. Durante un rato, estuvo mirando tranquilamente a aquella madre e hijitas, que debían de ser las únicas habitantes de aquel pequeño ranchito, de una sola pieza, en cuyo interior seguramente convivían. Luego, con una agilidad refinada, que parecía contradecir sus cerca de ciento veinte kilos, el tigre descendió, parsimoniosamente, y enfiló, imitando a la niña, aunque con otra dirección, hacia el badén.
Sin apurarse, cruzó la selva en la oscuridad más absoluta de aquella noche de luna llena, de verano intenso, en la cual el unánime concierto de los coyuyos atronaba el aire. A su derecha, el tigre distinguió las lucecitas parpadeantes -improvisados candiles a querosén, confeccionados por los indios con latas viejas, pero no se acercó a ellos. Siguió de largo por un senderito que parecía conocer a la perfección, y donde cabía solo él. Conducía hacia el casco de La Forestal.
Cuando llegó, se encaramó otra vez en un gran Samu’u. Sobre una rama que excedía la amplitud, incluso, de su propio cuerpo, el tigre se instaló cómodamente. Apoyó su gran zarpa derecha poniéndola bajo su cabeza, y se puso a observar, tranquilamente el campamento de los ingleses.
Su aspecto era simétricamente opuesto al de las paupérrimas aldeas de los matacos: también en medio del monte chaqueño, se levantaba el campamento inglés. Con la firmeza potente de una pequeña ciudad industrial. Las casas de ladrillo, alineadas con precisión geométrica, ofrecían refugio a los técnicos y empleados. Mientras que los galpones y tinglados se extendían como grandes pulmones metálicos, destinados al acopio de madera y al procesamiento de la valiosa sustancia que elaboraban. Los tanques para el agua, elevados y vigilantes, aseguraban el suministro del líquido “purificado” con productos químicos, en un entorno áspero y caluroso. Y la cuadra militar, sólida, austera, recordaba -a quienes difícilmente la olvidaban- la presencia de la disciplina y el orden que imponía esta empresa. El conjunto se organizaba con un sentido práctico, pero también con una impronta colonial: calles trazadas con rigor, patios comunes donde resonaban las voces de obreros y capataces. Y un aire de enclave extranjero incrustado en la naturaleza norteña.
Un inglés, como de cincuenta años, apareció caminando por uno de los senderos, y luego de cruzar junto al inmenso tanque australiano, dobló hacia su izquierda, introduciéndose en un pequeño bosquecillo artificial, rodeado por paraísos y abetos, desapareciendo del horizonte visible.
El yaguareté, con la misma parsimonia con que llegase y se instalara sobre su gran árbol, descendió, para dirigirse, también efectuando un rodeo por entre un tupido monte de arbustos silvestres, hasta que lo vio. Junto a un terraplén, donde se había construido una pileta de natación, de unos cincuenta metros de largo por diez de ancho, estaba el hombre. Había depositado sobre uno de los bancos que rodeaban la pileta, en medio de canteros con plantas florecidas, una pequeña caja de plástico y el toallón. Quedando libre, en short y ojotas, para refrescarse como todas las noches acostumbraba durante al menos una hora, en la pileta.
El capitán Colin Pitchfork pensó que el verano del Chaco no era comparable con ningún otro. Él había estado en La India, en el África, durante campañas represivas de diversas insurrecciones que cada tanto asolaban alguna región del vasto Imperio Británico. Pero el calor de El Chaco sudamericano poseía un sesgo abrumador, que desarticulaba los pensamientos y hacía intolerable la existencia sin refrescarse de alguna manera, sea con ventiladores eléctricos o con agua. Contento por haber terminado otra jornada, caminó hacia la escalerita de hierro erigida junto al terraplén, donde le esperaba el bálsamo nocturnal cotidiano que le permitiría recuperar energías y acostarse luego a dormir, tranquilamente, esa noche. Hasta las cinco de la mañana. Hora en que debería estar nuevamente de pie, para revisar los informes de Seguridad y después entrenar, rutinariamente, durante un par de horas a la tropa.
Fue cuando sintió en la espalda algo como un puñetazo de gigante, extraordinariamente violento, que lo arrancó de la escalinata de fierro por donde subía, y luego un sacudón que lo daría vuelta en el aire, desplomándolo boca abajo.
Un torbellino de zarpazos y dentelladas lo envolvieron, desgarrando su piel en varias partes mientras sintió su propia sangre caliente derramándose sobre su cuerpo, sin alcanzar a entender durante algunos segundos lo que sucedía. El yaguareté lo había tirado al suelo y mordía ahora con su gigantesca fauce un costado de su cuello. Un reflejo inmediato llevó al oficial británico a meter la mano derecha en la boca del monstruo que lo atacaba, logrando aflojar su mandíbula inferior por un momento para luego introducir su mano izquierda, desde el otro costado, y cerrar el puño dentro de la boca del terrible felino. Creyó que lo apartaría... el animal había dejado de sacudir al hombre un instante y lo miraba como si tuviera consciencia, ahora, directamente a los ojos. Después, todo acabó. Ya no vió nada. Se sintió levantado y arrastrado, golpeteando una y otra vez su cuerpo sobre un piso empedrado. Luego, un “plop” y calma. Desde cierta altura, como si le hubiesen brotado alas, se sorprendió viendo una escena en la cual un tigre arrancaba trozos de carne blanca a un hombre de aspecto europeo, mu**to ya, sobre un charco de sangre. No quiso contemplar por más tiempo aquél desagradable espectáculo. Y se fue, volando.

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https://ulalos.blogspot.com/2026/02/capitulo-2-52.html

Los Ulalos - Tercera Parte - El Vivero Capítulo 1 (51) - El ahora Oberstgruppenführer (mayor general) de la Wehrmacht, E...
11/02/2026

Los Ulalos - Tercera Parte - El Vivero
Capítulo 1 (51)
- El ahora Oberstgruppenführer (mayor general) de la Wehrmacht, Erwin Rommel, tenía a su cargo la planificación estratégica para todas las divisiones y ejércitos de tierra de la Nación Alemana. Con tal carácter viajó a América del Sur, una vez más, en marzo de 1938. Para inspeccionar los avances que, tanto el Ejército alemán, como algunas empresas privadas alemanas estaban obteniendo en sus ocho proyectos industriales, rurales, científicos e investigativos en Santiago del Estero.
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Santiago del Estero se muestra en esta selección de textos en un sentido general. Con el propósito de dotar de una sinté...
24/01/2026

Santiago del Estero se muestra en esta selección de textos en un sentido general. Con el propósito de dotar de una sintética guía cultural, a las personas que tengan interés en visitar esta provincia. Descarga gratuita desde:

Santiago del Estero se muestra en esta selección de textos en un sentido general. Con el propósito de dotar de una sintética guía cultural, a las personas que tengan interés en visitar esta provincia.

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