14/01/2026
Cada mañana, con una puntualidad casi sagrada, llegabas por mí en el taxi que conducías. Era tu forma de sostenernos, de proveer y de amar. Yo me subía y vos, con esa mirada firme y tierna a la vez, me repetías: “Yo quiero lo mejor para vos”. Y hoy sé que lo decías desde un corazón que se sacrificaba en silencio para que yo estuviera en una escuela donde se enseñaba la fe y los valores que querías para mi vida.
En el camino subías uno que otro pasajero. Y siempre, sin falta, les preguntabas: “¿Usted ya recibió a Jesús en su corazón?” Las expresiones de la gente lo decían todo: sorpresa, asombro, incomodidad o curiosidad. A veces te ignoraban, otras sonreían… y yo estaba ahí, observándolo todo.
Era testigo del valor con el que compartías tu fe sin avergonzarte.
Con ese mismo amor compraste una guitarra —creo que pensada para mis hermanos— pero terminó en mis manos. Al saber que en la “Casa de Cultura” había clases gratuitas y que no podías pagarme un profesor privado, decidiste llevarme todas las tardes. Cuando quise rendirme y dejar las clases, me dijiste: “Si te salís te cambio de escuela”, y entendí que había puertas que no debía cerrar. Así aprendí disciplina, constancia y a honrar las oportunidades.
Me enseñaste a ser honrado, a respetar, a evitar los golpes porque decías que quien hiere, tarde o temprano recibe. Me hablaste con una ternura que pocos conocieron. Cuando gané un concurso de canto, me dijiste con una seguridad que me sorprendió: “Yo sabía que ibas a ganar”.
Con tu determinación me amaste a tu manera. Me sostuviste, me formaste y me dejaste legados que hoy agradezco. Yo me quedo con tus aciertos, con tu fe valiente, con tus esfuerzos silenciosos, y con cada vez que antes de viajar me dijiste: “Cuídate mucho hijo, no te distraigás”.
Hoy entiendo que gran parte de lo que Dios ha hecho en mi vida tiene tu huella. Y con el corazón lleno te digo:
Te amo, papá.